Los Verdaderos Monstruos debajo de tu cama (II)

Los Verdaderos Monstruos debajo de tu cama (II)

11 minutos   ●   por Pablo

Si estás aquí después la chapa que te di en el  Capítulo I, bravo. Y sobre todo, gracias.

Si has aterrizado aquí sin leerlo, eres especial…



...mente friki.

Fuera coñas. Los dos Monstruos de hoy han sido y son especiales para mí. Sé que en medidas diferentes, todos vivimos -y quizá viviremos- con ellos, pero yo a estos los intento vigilar particularmente.

Y después de este artículo espero que para ti también tenga sentido hacerlo.

Para que veas que no exagero, te cuento el final ya si quieres. Si hurgásemos un poco, veríamos que se reducen a dos miedos básicos: el miedo a ser lo que somos y el miedo a hacer lo que queremos hacer.


¿Quién da menos?


Piénsalo. Si quieres disfrutar de todo lo que el mundo tiene para ofrecerte y estar verdaderamente a gusto en él, es bastante jodido encontrar algo más limitante que esos dos.


Así que empezamos.



3. La Diplomacia


O la receta infalible para cagarla con tías o acabar con una persona superficial a la que le interese lo que representas pero no lo que tienes dentro.

Ser diplomático es ser genérico. Es no ser nadie. Peor, es ser un manipulador, porque estarás tentado a decir -y dirás- lo que la otra persona quiere escuchar para caerle bien. Adaptarás tu personalidad y tu verdad para obtener las respuestas que te vienen bien, evitar a toda costa una confrontación y que todo sea suave seda. 

Y esto no son Relaciones Internacionales. Son relaciones personales.

Además de que -en serio- se te huele a un kilómetro.

Pero tranquilo. No tienes que emparanoiarte ni ser muy duro contigo por eso. Quien tienes delante probablemente esté igual de preocupado que tú de lo que tú pienses de él o de qué decirte para que tú no le montes un pollo. Así que, de verdad, está todo en orden.


Dos personas manchando el calzoncillo, una delante de la otra… Una maravilla.


A nivel social, la diplomacia es la máscara veneciana que te pones para poder participar en ese gran baile que se llama corrección política y vida comunitaria sin aportar nada, pero sin causar estragos tampoco. Es lo que te asegura que, discretamente, vas a seguir separado de los demás y a contribuir a trabajar por un mundo donde la sensación de soledad, de inautenticidad y de aislamiento emocional nos ha llevado ya a un número de bajas por depresión que da miedo.


Y eso que en los países hispanohablantes podemos tocar madera.


A nivel personal, la diplomacia es lo que utilizas para protegerte de las posibles consecuencias de ser tú mismo y de pensar como piensas. 


“Espera, ¿qué? Corta, corta…”


Vamos a dejar que esto cale un poco: “Protegerte a ti mismo de lo que te ocurra por ser tú mismo...”  


Tiene huevos, la verdad. 




Todo son memes hasta que alguno se da cuenta de que lleva tanto tiempo siendo diplomático que ya no sabe ni quién es. Y te digo que ese día no acaba en perreo.


“¿Qué me gusta?¿Qué quiero? Joder, es que no lo sé”. 


Bueno, al menos ya puedes empezar a buscarlo.

Y no, esto no me lo he inventado. Lo he escuchado salir de la boca de alguien tal y como lo has leído ahí.


Por si te faltan argumentos, tengo más. La diplomacia esconde también una verdad bastante turbia: infravalora a los demás. “Es que esto no se lo puedo contar, no lo va a entender”,“es que se va a volver loca”...

En casos aislados te lo compro. Pero en la mayoría -y desde el respeto- es pensar que el otro es gilip****s, y que eso que sientes es tan complejo y tan especial que la otra persona no va a llegar ni a hacerse una idea de lo que le estás contando. 


¿Quién nos creemos que somos?¿Carl Jung? 😂


Bromas aparte. Tú puedes decir una frase para quedar bien y no molestar demasiado, pero yo te cuento lo que tú te dices a ti mismo cuando haces esto, que es más interesante:

➔ La gente a mi alrededor es incapaz de entenderme. Estoy solo.

➔ Necesito comunicarles las cosas como si fueran niños. Estoy rodeado de idiotas.

➔ La clásica: “Mi opinión no es lo suficientemente importante como para ser expresada tal y como es.” No tengo valor.

➔ Tengo que esconder lo que de verdad pienso o siento porque es peligroso. Estoy siendo controlado.

➔ Me importa más cómo juzgue esa persona lo que pienso que cómo lo juzgo yo y por eso me lo callo. No tengo poder.


Además, que no necesitas que te diga que lo que te guardas para ti no desaparece, sólo se acumula. El rollo de la energía y tal. Ni tampoco que comente que cuando explota no es bonito.

Ojo. Esto no significa que vayas creando tensiones innecesarias ni que te creas Mourinho. Tampoco que tengas complejo de adolescente emo insoportable que busca no parecerse a nadie a toda costa -lo que paradójicamente lo convierte en uno más- y que declara orgulloso:


“Yo digo lo que pienso y conmigo no hay medias tintas. O me amas o me odias” 


Mira Paquito, nadie te odia campeón. No eres tan importante. Lo único que haces es ponernos los ojos blancos de pereza.


No ser diplomático significa ser honesto -contigo mismo y con los demás- y expresar lo que tienes dentro con respeto, sin avergonzarte de ello y sin esperar que -ni ellos ni nadie- te den el visto bueno*. Entiendes lo que sienten y te importa, pero también entiendes lo que sientes tú y te importa más.



* Dicho esto, hay un caso -fuera del marco legal- en el que sí recomiendo ser diplomático: si lo que piensas está basado en prejuicios o sentimientos de odio hacia algún colectivo o minoría que no tienen ni nombre propio ni cara, por favor, sé diplomático. Líbranos de escuchar tus miedos y tus inseguridades. Ahórranoslo. Llama a Paquito -el adolescente emo- y os vais de birras.



¿Cómo te afecta con tus ligues?


Aquí no te entretengo porque se explica solo. Un suéter se nos engancha a un pico, no a una superficie lisa. Pues eso. Sé liso y nadie se enganchará de ti.

Y ojito con ponerte el traje de “tío perfecto” delante de esa persona de la que no estás dispuesto a prescindir, o con la que piensas que no te puedes permitir cagarla. Porque la mierda, antes o después flota.

Y se ve más fácilmente de lo que pensamos.

Un día te callas una tontería y barres el polvo debajo de la alfombra y al otro estás bloqueando números en el teléfono después del festival del grito.



4. Esperar a ser suficientemente bueno, o perfecto.


O la receta para comerte años de tu vida sin provocar nada que merezca la pena vivir.

Menos mal que sólo nos pasa cuando ya tenemos pelillos ahí. Menos mal que nuestro ego de críos no nos hacía sentir tan ridículos como ahora. Porque no nos habríamos permitido tener todas las caídas que nos hicieron aprender a andar, todos los parones incómodos que nos hicieron aprender a leer o todas las faltas de ortografía que nos hicieron aprender a escribir.

¿Quiénes son los niños aquí?

Evitar situaciones donde no tenemos el control total (¿existen las que sí?) nos está robando la capacidad de aprender. Y de jugar.


“¿Ha dicho jugar?¿Eso es en catalán?” 

Te lo digo a ti, pero me lo digo a mí más.

Con la confianza del millenial medio en borderline, están los ánimos como para permitirnos cagarla en algo. Con este nivel de exigencia autoimpuesta y desproporcionada de compararnos desde el minuto 1 con los genios de nuestra materia, (que se han roto el culo a probar y a fallar mientras nosotros estábamos ocupados “sintiéndonos seguros” en el sofá, pero que nos inspiran al cambio cuando leemos sus biografías o vemos sus vídeos -en el mismo sofá-), pues está la cosa como para hacer maniobras.

“A mí que no me hagan pasar un mal rato que bastante tengo yo con X”–nos decimos.

Pues eso. O probamos un día y resulta que tenemos un don -y contamos orgullosos la historia milagrosa mientras estamos de cañas-, o pasando. 


“O soy bueno ya, o esto no es lo mío”.


Sabemos que es triste y que la realidad no funciona así, pero también sabemos que casi no podemos evitarlo.

Simplemente, nuestra autoestima ya no nos lo permite.



“Ten el valor suficiente para ser malísimo en algo nuevo”


Ser suficientemente bueno -así, en abstracto- no existe. Son los padres. No hay un punto al que se tenga que llegar. Es no querer ver que te faltan huevos. Es una trampa mental.

Ser suficientemente bueno es una sensación. Es algo subjetivo. O sientes que eres suficientemente bueno ahora, o no lo serás hasta que te sientas diferente.

Hasta que lo sientas diferente, no hasta que seas mejor de lo que eres.


Tan sencillo y a la vez tan jodido como eso.


Cuando esto pasa, tu cuerpo, tus gestos, tus palabras, tu voz, tu manera de mirar o tocar lo comunica. Lo sientes. Todo lo que haces parte de un lugar de confianza.

Y claro que hay técnicas que se pueden mejorar. Claro que puedes ser mejor socialmente, puedes cuidarte más y ocuparte más de tu desarrollo. De hecho debes. Pero aquí está el truco:


Quien tiene miedo o se siente insuficiente, siente eso independientemente de la situación*.


➔ Hay gente que no tiene un p**o duro en el banco y no tiene miedo de quedarse sin nada, y gente con pastizales que vive acojonada por si “un día se tuerce la cosa”.

➔ Hay gente que físicamente está muy bien pero que no se quiere, y da igual cuántas veces les digas lo buenas que están, porque no lo van a sentir.

➔ Hay gente la hostia de interesante y culta que tiene miedo de que un día alguien se aburra de ellos.



Ser perfecto no se puede medir. Ser perfecto es un estado de ánimo. 

 ¡Ea!



"Creo que en esta vida, esperar hasta que estés preparado es algo terrible. Tengo la sensación de que nadie está preparado para hacer nada. Creo que no existe el “estar preparado”. Sólo existe el ahora. Y más vale que lo hagas ahora. Porque ahora es tan buen momento como cualquiera".

― Hugh Laurie



* Y aquí otra paradoja. A veces, más miedo significa más dinero en el banco, menos sensación de atractivo más cuidado físico y más miedo al abandono más necesidad de querer entretener a los demás.




¿Cómo te afecta con tus ligues?


Lo que esta actitud esconde en realidad es un miedo horrible al ridículo. Y en las relaciones, el miedo al ridículo es miedo al rechazo.

Esperar a ser perfecto para hacer algo es -en el fondo- aspirar a saber tanto de algo, a manejar el tema tan bien o ir tan a lo seguro que NO exista la posibilidad de cagarla, de ponerte en evidencia o de que te manden a paseo.


Es buscar una seguridad y una garantía que no existen en este mundo.


Ups. Jiji.


“Cuando defina músculo en el gimnasio o me compre esa ropa o me haga ese peinado, entonces estaré a la altura de esa persona”.

Ahora la dejo pasar.

“Cuando me hagan partner y tenga una posición y un coche que flipas, entonces me centraré en el tema relaciones, o se les abrirán a mi paso ya estará resuelto”.

Ahora no me voy a ocupar.

“Cuando este amigo me presente a esta chica o la situación sea perfecta, entonces hablaré con ella y todo irá bien”.

Ahora no es el momento.


Y si no lo haces ahora, adivina qué va a pasar.


Pues sí. Otro tren más.


Este apartado me da especial rabia. Yo aquí si que no puedo tirar la primera piedra. Porque siendo sincero, esto me ha hecho perder mucho, mucho tiempo. Y siendo más sincero, si me descuido a veces aún lo sigue haciendo.


Recuerdo una ida de olla brutal y sin ningún motivo -marca de la casa- que tuve por una chica en 2º de carrera y que duró demasiado tiempo. No doy más detalles porque en realidad nos da igual. El caso es que… yo qué sé. Tendría los ojos demasiado verdes, ¿qué quieres que te diga? 🤷🏻‍♂️

La solución pasaba por ir e intentarlo. Si suena la flauta bien, sino pues a tirarle a su amiga otra cosa mariposa, ¿no?.


Sabías que no. Si no qué mierda de contraejemplo. Todo fue mucho más retorcido.


Como la tenía en un pedestal y era un pringao mi pobre alma mortal no podía equipararse a tan envolvente y vasta luminosidad, necesitaba un plan mucho más elaborado. 


(A ver, sí, era un desfase de tía, pero vamo' a calmarno') 


El caso es que, no las había sacado con decimales, pero mi cabeza ya le había puesto una nota* a ella y otra a mí. 

Como podrás intuir, estas calificaciones quizá estaban algo distorsionadas. La suya por el pequeñísimo detalle de que yo intuía que esa tía era la hostia mundial sin conocerla de nada -me hubiera jugado dos falanges- y la mía por la duda adolescente -que más tarde descubrí que no era nada especial- acerca del valor propio y bla-bla-bla.


¿Qué decidí?


Pues si empatizas con mi lógica, está bastante claro: que tenía que “mejorar”.

Así que iba a ocuparme de ese asunto sin ocuparme de ese asunto. Te explico:

No iba a intentar nada. Sólo entrenar más, quizá comer mejor, vestirme mejor... para no sé, pasar imaginariamente de bien a notable y luego esperar un acto de bondad de los dioses paganos o similar. Todo lógica, sí señor.


Lo sé, lo sé. Soy un p**o genio.


Lo que pasaba en realidad era esto: en esa época, a mí no me iba mal con las chicas. Pero me gustaba pensar que me iba mejor todavía. Y no quería que la realidad me demostrara lo contrario.
Así que me protegía no poniendo esto a prueba.

El clasicazo.

La confianza, si es real, se puede permitir ponerse a prueba. De hecho sirve para eso. Pero claro, esto no era confianza. Era una creencia made in china** basada en lo que a mí me dejaba más tranquilo pensar. Y por ello, se podía tumbar con muy poco.

Mi plan de acción en realidad se llamaba:


"No me mandes a la mierda y me desmontes el chiringuito starter pack".


Le había dado más importancia a la opinión de una desconocida que a la mía propia. Le había convertido en mi juez. Le había dado yo mismo el palo*** con el que pegarme.


El poder no lo tenía yo, lo había regalado. 


Por si eres de los optimistas que se preguntan si pasó algo… Por supuesto que no. Ni que esto fuera una película.

Y sí, claro que ahora me parece divertido, que hoy me hace sonreír y que lo recuerdo con cariño. Pero al final, son pensamientos que no van a ningún lado y mueren siempre en el mismo lugar, que -por si no lo has adivinado- se llama:


“Pasará el día en que sea lo suficientemente bueno…”


O sea, nunca.



* Inciso chicas: Eh. Así somos los tíos a veces. O a mí me gusta pensar eso, no he consultado mis fuentes.
** ¿Microrracismo o codo?
*** Sólo yo tengo la mente sucia aquí creo. 




Lo que quiero que te lleves de este artículo.


✅ Cuando tengas la tentación de decir que estás cansado de la gente falsa y que no encuentras a “gente de verdad”, sé honesto y hazte una pregunta incómoda: ¿Estoy siendo yo “gente de verdad”?.

✅ Hagas lo que hagas, no habrá un día en el que un ser mitológico baje de unas escaleras celestiales y te entregue un diploma que diga:

“Juan Pérez, un tío lo suficientemente bueno”.

No busques que salga perfecto, busca que te la sude si no. Es más rápido y más bonito.



¿Te van las maratones? Más en el Capítulo Final.



Antes de acabar, una pregunta ...


¿Te Resulta Difícil encontrar gente que valga la pena?


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